Resulta que la vida
consiste en ir despegando esos hilos. Al principio uno no sabe cómo hacerlo, aunque
la mayoría de nosotros solemos tener a alguien que nos enseña. Una vez
aprendemos, vamos, poco a poco, reduciendo el folio. Usando los hilos para lo que
queramos, pues son nuestros, solo nuestros. Y nadie posee nada más, aparte de
su folio.
Cada vez le cogemos más
gusto a separar hebras; queremos más y más, no se vive para otra cosa. Pero
aquello que formamos con los trozos del folio, nos otorga mesura, y nos va
infundiendo temor. Demasiado pronto, casi hemos acabado con el folio. Apenas
quedan un puñado de finos hilos, que no queremos separar. Es demasiado tarde
para parar. Aceptamos. Ya no queda folio. Solo lo que hicimos con él.
Yo elegí hacer una cuerda.
Fijarla a un sitio, e intentar avanzar. Valiente osadía…
No hice una cuerda. Hice
una soga. Hice lo más cobarde, y lo menos sensato. Solté mi folio y me ahorqué
con ella. Cuando morí, la soga se fue conmigo. Tan solo quedó mi folio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario