sábado, 13 de abril de 2013

Hebras.

Cuando nacemos nos dan un folio en blanco. Todo un misterio. Dicho folio está formado por hilos, hilos muy finos, pegados entre sí, a lo largo del papel.


Resulta que la vida consiste en ir despegando esos hilos. Al principio uno no sabe cómo hacerlo, aunque la mayoría de nosotros solemos tener a alguien que nos enseña. Una vez aprendemos, vamos, poco a poco, reduciendo el folio. Usando los hilos para lo que queramos, pues son nuestros, solo nuestros. Y nadie posee nada más, aparte de su folio.

Cada vez le cogemos más gusto a separar hebras; queremos más y más, no se vive para otra cosa. Pero aquello que formamos con los trozos del folio, nos otorga mesura, y nos va infundiendo temor. Demasiado pronto, casi hemos acabado con el folio. Apenas quedan un puñado de finos hilos, que no queremos separar. Es demasiado tarde para parar. Aceptamos. Ya no queda folio. Solo lo que hicimos con él.



Yo elegí hacer una cuerda. Fijarla a un sitio, e intentar avanzar. Valiente osadía…

No hice una cuerda. Hice una soga. Hice lo más cobarde, y lo menos sensato. Solté mi folio y me ahorqué con ella. Cuando morí, la soga se fue conmigo. Tan solo quedó mi folio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario