Y el joven Pylgrid lo maldijo, sabiendo que no le quedaba
más opción que la de rendirse. Se postró ante el juez infinito, decidido a
aceptar su segunda condena, deseando poder olvidar aquello a sus espaldas, y
calló. Calló sin voluntad de callar, soñando con ser aire, quien, ¡oh,
dichoso!, no repara en los dictámenes de los vivos. Mas no mucho duraría este
ensueño, pues por dentro sangraba como ya casi no recordaba. Tragó sal para sus
heridas, se levantó, y se echó al mar.
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