No creo que mis memorias puedan llegar a ser de mucho
interés. Quizás se deba a mi falta de ímpetu por destacar. Pero sí creo que
merecen la pena mis razonamientos.
Por regla general, cada persona es consciente de su ser,
de su vida. Es tanto un espacio privado como una jaula, pues estamos confinados
en nosotros mismos. No se puede ser otra persona, no se puede saltar de mente
en mente. Cualquier escenario figurado, cualquier planteamiento que involucre
receptores externos, está basado en la suposición de la igualdad, de ciertos
hechos aceptados. Son aquellos sobre los que ni siquiera se llega a conjeturar,
ya que la misma razón tiende a obviarlos.
Este “lapsus social” tiene un mayor peso al hablar de
impresiones. De pequeños matices, nimiedades de la vida banal, que se convierten
en el esqueleto de la espiritualidad. No poder sacar conclusiones de impacto de
una creación sobre alguien es el primer reclamo que tengo para crearlo. Que la
abstracción no derive en escasez es prácticamente un deber, un deber imposible
de comprobar, ya que el empirismo sentimental está, y estará, atado al ser al
que pertenece.
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